domingo, 25 de septiembre de 2011

Estocada a la fiesta

El cartel de Barceló para este domingo
A mi padre, por desgracia fallecido, los toros le apasionaban. Tanto que, desde su puesto de periodista en el Ayuntamiento, luchó durante años para recuperar en Valladolid la miniferia de San Pedro Regalado. A mí me interesan sobre todo los irrepetibles titulares de la fiesta. La tremebunda cornada a Julio Aparicio, la pasión y resurrección del eremita José Tomás. También la épica: los duelos sin tregua,  por San Isidro y en Canal Plus, de El Cid con los victorinos. Y, por descontado, la narrativa. Ese hilo irónico con el que el maestro Joaquín Vidal enhebraba crónicas memorables a partir de una desdichada sucesión de toros mansos, picadores sanguinarios, vergonzosos bajonazos y el sofoco de una señora en el tendido de sol. 

Entre los aficionados de la familia, mi hermano Alejandro, nueve años más joven que yo, es el número uno del escalafón. En septiembre de 1992, como sin querer -"cojo la entrada que sobra"- vio cortar una decena de orejas en la alternativa de Manolo Sánchez (junto a Roberto Domínguez y Espartaco), en la plaza de Valladolid.  El 24 de septiembre de 1994, Espartaco y Manolo Sánchez, mano a mano en el mismo ruedo, y mi hermano en el tendido, repitieron estadística triunfal: otras diez orejas. Hasta ahí, mi envidia era discreta. Pero en septiembre de 2008, Alejandro, que vivía ya en Barcelona, disfrutó de la fortuna de ver a José Tomás en la Monumental. Ese día no hubo trofeos, hubo algo mejor. El maestro pidió y obtuvo el indulto del toro "Idílico" (como puede verse en estas imágenes de La 2). 



Resulta evidente, no es lo mismo cortar orejas que torear. Yo, tengo que confesarlo, me he aburrido soberanamente tantos  días de infinito desfile de sobreros...  “Presidente, esos cuernoooos”. La primera vez me hizo gracia; a la tercera quería salir huyendo. Pero seguía sentado porque, incluso entre bostezos, la fiesta puede regalar un detalle para la memoria. “Música, maestrooooo”. “Silencioooooo”. En estos tiempos de griterío, unos segundos de solemne y tenso silencio merecen la pena. Cuando el diestro recibe envuelto en el capote, cuando, con los pies clavados, baja la mano y la muleta, cuando empuña la espada después de haber cuadrado al astado.

Salida a hombros de Serafín Marín (Foto: Alejandro Saiz)
Competiciones de pañuelos al margen, la fiesta ha perdido empaque como espectáculo completo para convertirse en un álbum de momentos. Aun reconociendo el embrujo costumbrista -el colorido del paseíllo, la estampa de los banderilleros, el ritmo del pasodoble- me pregunto si la suma de esas imágenes merece el precio de la entrada. Lo dudo. Intuyo que por ahí comenzó la decadencia. Por la imposibilidad de generar entusiasmo, de atraer regularmente al público. Hace muchísimos años que las corridas y los comentarios de los aficionados emanan un aroma a nostalgia color sepia de aquellos tiempos en los que los toros embestían, en que los toreros no se hartaban de rectificar muletazos. 

Su innegable relevancia popular en el pasado convirtió al toreo en el tópico por excelencia de la cultura española, homenajeado en el arte, la música, el cine, la literatura. Su carácter simbólico había resistido, mal que bien, la evolución de la sensibilidad social acerca de los animales. ¿Es ético matarlos para alimentarnos? Evidentemente. ¿Por satisfacción artística o deportiva? Depende. ¿Y por mero entretenimiento? Habría tanto que debatir y, sin embargo, pase va, pase viene, las respuestas difícilmente rebasarían el ámbito de las convicciones personales.   

En pleno declive, la fiesta se vio enredada el año pasado en Cataluña en un conflicto artificial entre dos conceptos tan peligrosos como escurridizos: las bárbaras tradiciones ajenas frente a nuestra respetable identidad. ¿Corridas, no; correbous, sí? Una prohibición incoherente. Esta tarde, el torero catalán Serafín Marín y el maestro José Tomás, dos orejas para cada uno, han abierto por última vez la puerta grande de la Plaza Monumental. Han salido a hombros entre gritos de "libertad, libertad", mientras algunos aficionados arremetían contra los antitaurinos concentrados en las cercanías del coso. Un epílogo emotivo y triste al mismo tiempo.


Salida a hombros de Serafín Marín (Foto: Alejandro Saiz)

Entro a matar. Aunque no me considero un aficionado fiel, discrepo de la pública prohibición de las corridas  en Cataluña. Por la memoria de mi padre, por la prosa de  Joaquín  Vidal, por la magia de José Tomás y hasta por la señora que se abanica congestionada en el tendido de sol.  Y, claro, por mi hermano Alejandro, documentalista y fotógrafo de este post, y espectador talismán de tantas tardes idílicas.

4 comentarios:

TETO dijo...

Comparto plenamente contigo esta opinión. Creo que nuestra sociedad de "opiniones políticamente correctas" se ha convertido en sociedad de hipocresía y falsedad. Los mismos que exigían libertad hace tres décadas, ahora se apresuran a prohibir conductas constantemente...

Como aficionado a los toros que soy, creo que nuestra fiesta nacional está tocada de muerte por el desinterés que hay entre la sociedad, y seguro que somos los propios taurinos los que acabaremos por enterrarla. ¡Qué pena!.

Los propios franceses cuidan a las corridas de toros con más interés que los españoles. Allí son declaradas Bien de Interés Cultural. Aquí, cada vez son más denostadas por determinados grupos políticos, animalistas y ecologistas.

En fin, los que hemos vimos pasear por el coso del Paseo de Zorrilla a maestros como Roberto Dominguez, Joselito, Espartaco, Ponce, José Tomás y tantos otros, siempre guardaremos en nuestra retina grandes obras de arte, momentos únicos, magia en estado puro. Como tu padre desde el callejón, viviendo con intensidad su afición a la tauromaquia.

Un abrazo, amigo.

Gooseboy dijo...

En mi opinión, la iniciativa popular lanzada en Cataluña sobre la continuidad de los toros, animada por grupos en defensa de los animales, me parece absolutamente legítima. El debate habido en el Parlament, rico e intenso. La votación, en cambio, en la que a los argumentos expuestos durante el debate se le solapan otros de índole político, desvirtúa todo lo anterior.

Gooseboy dijo...

Y sí, me siento muy afortunado de haber visto las faenas que he visto en esas corridas. Un lujo.

Santiago Saiz de Apellániz dijo...

Gracias por los comentarios. Teto, creo que el declive empezó en la propia fiesta... llevo décadas oyendo decir que "los toros se caen"... y aún así creo que siempre hay momentos.
Gooseboy, deberían invitarte siempre. Es cierto, en otro post lo comenté, el debate en la comisión correspondiente del Parlamento catalán fue muy enriquecedor porque se abordó la cuestión desde muchos puntos de vista. A mí me parece que la votación se vio muy condicionada por los límites al Estatut...pero bueno, hay que respetarla, sin por ello dejar de criticarla.
Pensando más sobre el asunto, me parece que la opinión de cada uno depende de algo tan subjetivo como las percepciones y las emociones. Si solo ves la muerte de un animal, desde luego el toreo es censurable. Pero eso es como reducir el fútbol a dar patadas a una pelota, o la democracia a votar. Un abrazo a los dos.