martes, 7 de junio de 2011

La nube

El día que dije adiós a CNN+ se inundó el suelo del trastero. A través de una arqueta hasta entonces oculta, los poceros tuvieron que extraer con una bomba los restos putrefactos que atascaban las tuberías. Más allá del contratiempo, no hubo, sin embargo, daños personales. Los incontables peluches, que se han reproducido en forzosa cautividad al calorcillo del sótano, salvaron la vida. Los malos presagios se confirmaron semanas después, cuando fui elegido por aclamación –y riguroso turno- vicepresidente de la comunidad de vecinos, y candidato a la sucesión. No habrá primarias ni agenda oculta. ¿Programa? Prometo cañerías en perfecto estado de revista.

El trastero dice más de nosotros que el curriculum vitae o el comportamiento en las inefables comilonas navideñas. Allí se amontona lo que no utilizamos y sin embargo, por una inexplicable y sorprendente fidelidad, deseamos conservar. Entrañables reliquias de nuestras ocultas entretelas. A veces, qué inocentes, preferimos engañarnos argumentando que nos harán falta en el futuro…. El futuro, ¿qué es el futuro? El tiempo menguante… Y la nube.
 

Steve Jobs, el brillante ideólogo y vendedor de Apple, sacó ayer del trastero la camiseta negra de gurú para presentarnos sus innovadores guardamuebles virtuales. Por un precio asequible, pronto tendremos al alcance del ratón documentos, películas y música. Ocio y conocimiento. Actualizados en Internet, ese no-espacio sin tabiques, escaleras ni cerraduras oxidadas. Un repositorio a crédito, abierto en el tiempo. Ya existían otros, pero la llegada de la exitosa empresa santificará este mercado. Aunque no sé dónde van a pintar la manzanita. Quizá la tracen en el cielo.

El último grito virtual propone una extraña emancipación de la corporeidad. Es un prejuicio, quizá una estupidez condenada a la extinción, pero hasta ahora había papelotes que preferíamos guardar en el cajón y llevar en la cartera. La nube desafía ese  pensamiento posesivo, pero se estrella contra el síndrome de Diógenes.  ¿Cómo subir las revistas de juventud, las camisas de enhiestos cuellos, la colección de latas de cerveza? La nube supera el rito de la incineración, de las cenizas lanzadas al vacío, para guiñar un ojo –pagando- al sueño del eterno retorno. Incluso golpea de refilón a la economía sumergida… Nuestras antiguallas ya no serán objeto de regate en el Rastro.

La nube ya existía, de hecho, en nuestros recuerdos, sesgados y selectivos. En esos sueños que reaparecen cada cierto tiempo, tratan de seducirnos para convertirse en realidad y, tras descubrir las incertidumbres de nuestro calendario, suplican que levantemos la bandera blanca y les dejemos volar hacia otras personas menos frustrantes.

No sé si será casualidad, pero desde que el lunes Steve Jobs señaló a la nube con espíritu mercantil, no ha dejado de llover sobre Madrid. Si la Red se encharca, si resulta inutilizada, ¿en qué nos convertiremos? En una triste colección de peluches, regordetes y velludos, condenados a extinguirnos como olvidados supervivientes de un naufragio en la fatigosa eternidad del trastero. Sólo por haber subcontratado la custodia del alma.       

2 comentarios:

Gooseboy dijo...

El concepto de Nube es estupendo, y si lo diseña este señor además de estupendo será bonito y rentable. Y este almacén virtual acabará siendo la herramienta más útil de nuestro trabajo y seguramente también de nuestro ocio. Pero acabará consiguiendo que nuestra parte irracional, la inconfesable, la de nuestras manías y cachivaches, sea cada vez más pequeña, pero más singular, más específica, más fuerte. Esa no nos la quita nadie.

Santiago Saiz de Apellániz dijo...

Totalmente de acuerdo, siempre hay algo que llevamos con nosotros...(un día escribo sobre el mítico bote de Fa) y para el resto, esa idea de la nube parece estupenda. Mejor que la caja de cartón con los viejos recortes... Aunque, para la mirada de un antiguo analógico, resulte extraña.