domingo, 13 de mayo de 2012

La marea silenciosa

A mediodía, cuando la revolución apenas se ha desperezado, numismáticos con gafas graduadas se agolpan bajo los soportales de la Plaza Mayor de Madrid, negociando en voz baja la devaluación de antiguas monedas. Bob Esponja y el gato con botas, autónomos de la economía en negro, caminan hervidos en sudor bajo su traje de fieltro, a la caza del niño caprichoso y del abuelito condescendiente. Sólo Felipe III aguanta impertérrito la solana, atendiendo discretamente a la asamblea de camisetas verdes que reclama con datos rotundos y sobrados motivos más dinero para la enseñanza pública.   

Cerca de allí, en Ópera, una treintena de jóvenes denuncia la penúltima derrama de nuestros fondos sobre una Banca en ruinas y rescatada que procura desahuciar puntualmente a sus morosos. La asamblea de vivienda debate sentada en la acera, ajena a la riada de turistas no necesariamente japoneses, coleccionistas de escenas castizas que reparten sus fotos entre monumentos y pancartas. Al otro lado de la manzana, alineados por la fe, ciudadanos de principios aguardan esperanzados su turno para entrar en el oratorio del Santo Niño del Remedio, primo lejano, imaginamos, del Jesusito de los Ajustes.

Hace ya un año que Madrid se convirtió en capital de la protesta occidental. Una revuelta horizontal, izquierdista, preñada de sentido crítico. Seis meses más tarde, el PP de la recuperación relevaba en el poder, en casi todo el poder, a un PSOE a la deriva. Pero la fe se acaba. Tras un invierno de tormentas contenidas, ha estallado un diluvio  de recortes, y en el gris Powerpoint de Montoro aún no se vislumbra el arcoiris. Pobre Mariano, que un día miró a Moncloa y se quedó sin voz. Podría haberse acercado al oratorio; este domingo era 13 y tocaba milagro. Los profetas tendrán que seguir hablando en su nombre.  

De viernes en viernes, Luis De Guindos se enreda en eufemísticos palabros que enojan a periodistas hambrientos no sólo de titulares. Soraya contiene una sádica risita hasta que después de un mohín recompone la seriedad necesaria para dirigir un mensaje de confianza y dictar doctrina a los deprimidos. Saldremos adelante, reitera, a pesar de la herencia recibida. Me lo copien cien veces: la-herencia-recibida. Y hasta la próxima semana, si no hay sorpresas antes.

Sol está a miles de kilómetros del volátil Egipto, de las bombas sobre Homs, de la represión de las dictaduras en Cuba y China. La revolución, probablemente, nunca llegará por el Norte; jamás, seguro, dará fruto en un año. Puede que el 15-M haya perdido fuelle, que acuse su aversión al liderazgo, que se haya instalado en la periferia de las instituciones. Pero es injusto que algunos lo caricaturicen como una turba de subversivos sudorosos, desagradecidos parásitos del Bienestar. Reducir las protestas de los indignados a un problema de orden público supone silenciar sin argumentos el descontento social.

Cuando los políticos se esconden bajo las cifras, los monarcas marchan a cazar y los banqueros se retiran a sus aposentos con jugosas pensiones, las plazas revientan en propuestas, se convierten en invernaderos de idealismo. ¿Buenrollismo inútil? La voz de la calle es parte sustantiva de la democracia, aunque la realpolitik se resuelva, por el bien de todos, de forma sosegada en las urnas. Si el optimismo vacío de Zapatero acabó en drama, si la narrativa macroeconómica del PP sólo nos remite a deudas y mercados, escuchemos un rato a las personas.

Mickey llegó hace 9 años a España. Trabajó en la construcción y está a punto de venirse abajo. Minnie también cruzó el charco, ha sido camarera hasta que se acabaron las consumiciones. Ambos se ganan la vida en Sol, posando como figurantes en rituales  retratos infantiles a cambio de “la voluntad”. Tienen papeles pero no les salen las cuentas. “Tendremos que volvernos a nuestro país”. A escasos diez metros de los sueños desengañados de Disney, activistas con quitasol repiten sus utópicos llamamientos para que esa mayoría de numismáticos, turistas y devotos del Remedio vaya dejando de ser silenciosa. Carlos III, reformador e ilustrado, prefiere no bajar la vista. Pasan las horas y la marea silenciosa estalla en bullicio a los pies de su caballo. La Puerta del Sol se encuentra otra vez abarrotada.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

muy bueno!!! de verdad, enhorabuena!!

La dipu

Santiago Saiz de Apellániz dijo...

Muchas gracias por comentarlo y compartirlo. Me alegro de que os haya gustado.