jueves, 6 de septiembre de 2012

Gente "pa tó" (cap. VI): Erre que erre

“¿Qué es mejor, Ángela, un buen banco malo o un mal banco bueno?”. Merkel no contestó, su mirada examinaba un maniquí semioculto tras la puerta del despacho de Mariano. “¿Y eso?” “Para que no se arrugue mi traje de hombre invisible". "¿Y eso?"  "Lo uso para pasear entre la gente, no tengo dinero para encuestas”. Ambos parecían exhaustos –y el intérprete, hastiado- después de un enconado cuerpo a cuerpo que habían iniciado discutiendo a sablazos sobre la reducción del déficit y, agitados por un entusiasmo propio de más enjundiosas perversiones, concluían con el lanzamiento a la cabeza de Rajoy de otro manojillo de ajustes poco aptos para espíritus desagradecidos.

“¿Qué es mejor, Ángela, retrasar la jubilación para salvar el euro o condenar al frío eterno el alma de los viejitos, encogidos y alejados del solillo de nuestra España?”. La canciller, sin ablandarse, sonrió azorada al recoger la carta y el poema. Erre que erre, le tendió unos folios. "Las condiciones, Mariano, tú verás...". El filo de la podadera, iluminado por la luz del mediodía, emitía destellos lúgubres que anticipaban un adiós glacial. “Vuelve cuando quieras”. El traductor carraspeó. De pie, en una esquina de la estancia, intentaba disimular su incomodidad ojeando una edición facsímil del Códice Calixtino, dedicada de puño y letra con rotulador verde fosforito por el arzobispo de Santiago.   

“¿Qué tal lo he hecho?”. Superlópez, desde el alféizar de la ventana, con la capa recortada como la nómina, intentó dar confianza al presidente. “Fenomenal, durante el primer minuto estuvo a punto de salvar el empate…” “Gracias, yo también me encuentro optimista”. Pero cuando el consejero despegó -tenía turno de tarde en su segundo trabajo- Mariano sucumbió al desasosiego. Críticas, reproches, críticas, reproches. En la calle, en el partido, en el periódico. Y en su interior, la angustia existencial del relativismo. ¿Hasta dónde puede exprimirse a los ciudadanos? ¿Hay que ser humanitarios con los torturadores? ¿Cómo tratar a los extranjeros pobres? ¿Y a los ricos? ¿Qué significa ”extranjero”, qué significa “pobre”, qué significa “rico”? ¿Pueden ser amigos un jugador del Barcelona y otro del Real Madrid?

Días atrás, el presidente había despejado públicamente todas las dudas. Se había estrellado contra la realidad. La pujante realidad, sí, que iba a edificarse sobre la descentralización, la democracia y el bienestar, y había crecido sin proyecto ni control dibujando una plantación de inciertos rascacielos que cada amanecer amenazan ruina. La realidad, ese poso grisáceo que dejan los sueños de grandeza al escurrirse por la alcantarilla. La cola del paro, los carteles de “se vende”, el ayuno involuntario en la novena de fin de mes.

Qué desagradable hedor desprende la realidad. O no era eso… Mariano abrió el cajón de abajo. Las escasas palabras que guardaba en su fiambrera, semanas atrás resecas, se habían mojado con  la lluvia de protestas y ya ni siquiera servían para engatusar a periodistas en peligro de extinción. Ahí yacían las letras del relato roto. Donde antes ponía “austeridad”, ahora se leía  "ajuste". Hasta el arma secreta, la bala de plata, esa aviesa “herencia recibida de los presupuestos socialistas” agonizaba descompuesta en una traumática “subida de impuestos”. El presidente, molesto, vació la fiambrera por el balcón. 

Los ciclistas marchaban cuesta arriba mientras, en otro canal, las noticias encallaban entre cifras negativas y porcentajes en rojo. Un vistazo a la precampaña americana. "¿Está usted mejor o peor que hace cuatro años?" Mariano tragó saliva. La misma pregunta otoñal que acosaba a Obama, el superhéroe americano, amarrado por Clint Eastwood a una silla vacía, liberado por sus seguidores una semana después, pero incapaz de romper las ataduras terrestres para emprender por fin su vuelo salvador sobre el planeta.

“Pero entonces, ¿mejor o peor que hace cuatro años?” “Relativamente, Elvira”. “Relativamente, ¿qué?”. “Mira los deportes, Cristiano está triste porque no siente el cariño de la gente, como yo”. “Y preocupado por el dinero, seguro”. “Como yo, Elvira, como yo”. "Y sus compañeros, ¿qué dicen?" "Guardan silencio; los míos, ni eso..." Mariano bajó la voz, sus pensamientos divagaban sobre la caprichosa diferencia entre el destino y el desatino. En el fondo de la fiambrera, una última letra, arrugada y rancia pero aún robusta, se resistía al sacrificio. La "r" de su apellido, Rajoy, la de "reformas" y "recortes", la de "rescate" y "rendición".  


 Capítulos anteriores

Capítulo I: Gente pa tó
Capítulo II: El superhéroe de la podadera
Capítulo III: El hombre invisible no tiene bolsillos
Capítulo IV: La fiambrera de las palabras resecas
Capítulo V: "Yo no soy un chisgarabís"

2 comentarios:

LaDanaide dijo...

Santi, sigo fielmente la serie "gente pa tó", me parece de una elegancia muy especial y de una ironía de lo más sutil. Ya escribías bien, pero es que has dado el salto a la literatura!
Me encanta.
Besos,
María

Santiago Saiz de Apellániz dijo...

Gracias, muchísimas gracias por el comentario. No es falsa modestia, la "literatura" me viene grande, es mucho más que escribir bien...Lo que estoy intentando este verano es encontrar el punto de cocción para una mezcla de ficción y realidad con cuatro gotas de comic.... Otros veranos he intentado otras cosas... Esto es un taller al aire libre, veremos qué sale de él.. Gracias, un abrazo muy fuerte