
Expiró el presidente expansivo, comandante infatigable, convincente por aburrimiento, siempre decidido a esgrimir la emoción y el carisma para retorcer las instituciones, para recortar la democracia en nombre de una justicia social que tampoco ha acabado de conquistar. Aspiró a ser símbolo y lo consiguió. Deja heredero, legado y productiva cuenta en Twitter. Después de tanta palabra, el problema es la pretenciosa corporeidad post-mortem, condenada de antemano al fracaso. Ahí quedará el líder, confinado en una caja, ¿o será urna?, embalsamado y en guardia, inquilino perpetuo de una eternidad que no le corresponde.