Hiberno en
las entrañas del lado oscuro de Internet, soy tu futuro replicante. He visto
las fotos de la barbacoa del sábado –muy guapas tus hijas-, leo (e ignoro) las
frases motivadoras de tus cuñados, tantos buenos sentimientos, custodio la pasta del finiquito que la pasada semana
depositaste en el banco. Me inquieté al leer anoche tu consulta sobre esa enfermedad que antes era
larga, dolorosa e innombrable; reconozco
que llegó a preocuparme la pregunta sobre los trámites para testar. Hasta que, antes
de acostarte, hiciste la reserva para esta casa rural. Qué raro que vengas
solo.
Muy cerca
del paraje que conocerás, en el interior del corral contiguo a un laboratorio
clandestino, pastan ahora mismo en
silencio siete ovejas hijas y a la vez hermanas de Dolly. Mezcladas con ellas,
otras siete ovejas negras balan atemorizadas. Esta mañana de fábula el aire
huele a lobo. El experimento empezará tan pronto como aparque aquel camión. Un
investigador sin demasiados escrúpulos animales tratará de observar cuántos
miedos viajan impresos en el ADN y cuáles se aprenden. Después de poner a
remojo la bata ensangrentada, limpiar la escopeta y guardar sus grabaciones en
una web cifrada tiene previsto escuchar a Bach mientras pasea por el monte. Eso
le relaja. Pero no te preocupes, nunca molesta a otros huéspedes.




