Al anochecer, la Puerta del Sol está cubierta de nubes. El suelo, ocupado por miles de personas que reclaman –hay que fastidiarse- un Estado más justo, una democracia con mayor participación ciudadana. Bajo tierra, en el Metro, los luminosos recuerdan que la concentración no ha sido autorizada. La Junta Electoral de Madrid teme que pueda influir en las votaciones del 22-M. Así de ingrato, de inoportuno, es el descontento: puede influir en el voto. Estamos en campaña. ¿Prohibimos los problemas?
Miles de jóvenes, grupos de extranjeros, curiosos con cámaras fotográficas. “Hay más gente que ayer”. Personas. Sin trabajo, sin expectativas y, pese a la presencia de los antidisturbios, sin ganas de regresar a casa. Cierto, sin mucho en común. Kilómetro cero de la protesta. Lemas disonantes para un desencanto general. Por el castigo a los especuladores, contra el maltrato animal, denunciemos la corrupción. El resumen: más y mejor democracia. Un quiosco sigue abierto. “¿Vende usted más?” “No, qué va”. Pero vende mejor. Pilas a cuatro euros.
