Empeñado en no gastar, Mariano se ha obcecado en ahorrarse sobre todo titulares. El viernes, ante una jauría de periodistas hambrientos de una noticia que acompañe a oscuras estadísticas y sudorosas historietas de famosillos al sol, compareció con las palabras contadas y bien guardaditas en una fiambrera. Ofreció primero las recalentadas, para ver si picaban. Pero las viandas parecían resecas. Cuando, por su aviesa naturaleza o por mero rencor social, los plumillas afilaron el colmillo, Rajoy cerró apresuradamente la tapa. “Vámonos, tendrán ustedes que comer…”. Al final, la noticia era él, su propia presencia, acaso interesante en sí misma.


Aun así, para disgusto de los noctámbulos pitonisos de la TDT, el presidente ya no evitó la palabra “rescate”; más bien se entretuvo jugueteando con el verbo subsiguiente... Si aquí esgrimía un dato, allá contraatacaba con la incertidumbre; cuando algún insensato osó aguijonearle con una opinión, él sentenció la discusión con un lugar común. En espiral infinita, en perpetuo bucle explicativo. “La situación es grave, no sabemos lo que haremos, haremos lo que convenga, convendrán ustedes conmigo que la situación es grave”. Tanto se ha aficionado al sobeteo del consenso que hace un par de semanas Soraya le sorprendió escribiendo una poesía en plural mayestático. “Es para Elvira”. “Ahí pone Angela”, repuso picajosa. “Chss”. “Tú verás”. “Es por España”. “Eso dicen todos”.
