Pies y más pies, miles de pies que para echar a andar han decidido este sábado quedarse quietos. Pies jubilados, pies sin papeles, pies infantiles. “Papá, ¿qué es la clase obrera?” “Los trabajadores, hija”. Y mientras todos estos pies reflexionaban en compañía, otras cabezas pensantes exigían su desalojo por la fuerza. Reducir la acampada de la Puerta del Sol –en otras no he estado- a un problema de orden público, que puede serlo, es pensar sobre todo con los pies. Práctico, pero insuficiente. 
Tropiezo también en el centro de Madrid con manos y más manos que chocan, se estrechan, se entrelazan. Manos, parecidas y distintas, que a veces aplauden o se levantan para festejar las propuestas que enumera un megáfono. Algunas, útiles; inasumibles, otras. De la protesta a la propuesta. No es mal camino, aunque no me apetezca demonizar a los políticos ni acabar con los partidos, ni derribar el sistema. Si las elecciones son la fiesta de la democracia, la celebración en Sol se ha adelantado al sábado.
