Empecemos
por lo humano. Hace falta ser malnacido para secuestrar en nombre de la
religión a un octogenario, obligarle a arrodillarse ante el símbolo de su fe y
degollarlo mientras se graba la humillación en vídeo. Hace falta ser malnacido
para arrollar con un camión a una multitud indefensa, hace falta ser malnacido
para llenar de bombas unos trenes abarrotados de gente. Semejantes carnicerías no
acreditan ser un buen musulmán (ni cristiano, pero no es el caso) ni un
eficiente yihadista, sino apenas un malnacido.
Catorce
siglos y medio después del nacimiento de Mahoma, más de 700 años después de la
última cruzada medieval, algunos iluminados han decidido lanzar a sus hermanos
más pobres e ignorantes a una guerra de religiones. Y no, no se trata de un
conflicto por creencias; nadie les impide profesar la suya en sus países de
origen, ni siquiera en los de acogida. Tampoco asistimos en rigor a una lucha
entre civilizaciones pese a que coincida en el tiempo con un desplazamiento
masivo de refugiados musulmanes hacia las sociedades laicas de Europa
Occidental.

