Ahí estaban. Ubicuos hasta el hastío. Hoy en las portadas, mañana calentando las tertulias más combativas. Para mortificarles con su fructífera prejubilación. Orondo y satisfecho, uno. Afilado
y apocalíptico, el otro. Felipe y Aznar. Arrugas de gurú, tono profesoral,
generosas nóminas. Sus capas de superhéroe, sólo visibles para los sucesores,
se habían vuelto transparentes. Galones de guerras ganadas; las derrotas,
enterradas en la memoria selectiva de sus seguidores. Mariano arrojó los
periódicos sobre la pila de carpetas con la etiqueta de ‘urgente’ y escribió por Twitter un mensaje
privado. ‘Alfredo, que han venido, están de nuevo aquí…’ Rubalcaba ni siquiera contestó.
Una amable militante de Murcia le había amarrado del brazo al entrar en el
mítin, y no paraba de recordarle lo atractivo que era cuando ejercía, con
camisa rosada, como portavoz del gobierno de González.
El pasado regresaba, grandilocuente y engorroso, para repartir nostalgia por los periódicos,
para regalar desolación en las movilizaciones de una España a duras penas apuntalada. Médicos en huelga
por sus pacientes, belicosos profesores de
mani con los alumnos, abogados enfrentados a las tasas, jueces ansiosos
por sentar cátedra contra los indultos del ministro. ‘¡Soraya, ayúdame, que atacan
las clases medias…!’. Tan sobresaltado se despertó Mariano de la cabezada que, acaso
por consolarse, masculló: ‘Pero estos no eran los nuestros…’ Todavía con la
camiseta de Casillas y la frente sudorosa, reclamó desde la puerta del despacho
la encuesta semanal, temeroso de haberse convertido para la eternidad en el
indestronable líder del Partido Impopular.
