Cuando en la playa hace frío, me sumerjo en el iPad. Disfruto de sus aguas llenas de dedos hasta que la nube, inoportuna, cubre todo el cielo. De repente descarga, y quedamos sepultados bajo informes de viabilidad económica, instrucciones sobre tortura en cárceles clandestinas, proyectos febriles para futuros febreros bisiestos. Diluvian datos y corruptelas, las turbias conspiraciones que se filtran a nuestra atmósfera desde el planeta Wikileaks. Un sol con corriente alterna me devuelve a la arena. Mientras cierro los ojos, ausente de mí mismo, ahí dentro siguen ardiendo los rescoldos del incendio de Londres. Qué inquietante: por la orilla también he visto corriendo a jóvenes con sudadera (aunque no llevaban televisores bajo el brazo).
Desmemoriado, me aferro a mi pantalla multiusos. Cómo extender la toalla, la guía de pliegues vulnerables al sol, cuidado con las medusas. Braceo contracorriente hacia las olas e, incorporado sobre la tableta, surfeo a lomos de la actualidad. Equilibrio presupuestario o muerte, terremoto en los mercados, riesgo de tsunami. Aterrado por un torrente de cifras indescifrables, por aquel político de guardia con derecho a frase ingeniosa, por tantas hazañas mundanas representadas en pareo y chanclas, dimito un rato de la vida inteligente. Escondo la cabeza bajo la camiseta y pongo a secar el iPad sobre el periódico de hoy, que incomprensiblemente usé ayer para envolver el bocadillo. El soporte no importa. Comeré lo de dentro.
