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jueves, 18 de agosto de 2011

Agostupefacto (III): Un día de iPlaya

Cuando en la playa hace frío, me sumerjo en el iPad. Disfruto de sus aguas llenas de dedos hasta que la nube, inoportuna, cubre todo el cielo. De repente descarga, y quedamos sepultados bajo informes de viabilidad económica, instrucciones sobre tortura en cárceles clandestinas, proyectos febriles para futuros febreros bisiestos. Diluvian datos y corruptelas, las turbias conspiraciones que se filtran a nuestra atmósfera desde el  planeta Wikileaks. Un sol con corriente alterna me devuelve a la arena. Mientras cierro los ojos, ausente de mí mismo, ahí dentro siguen ardiendo los rescoldos del incendio de Londres. Qué inquietante: por la orilla también he visto corriendo a jóvenes con sudadera (aunque no llevaban televisores bajo el brazo).

Desmemoriado, me aferro a mi pantalla multiusos. Cómo extender la toalla, la guía de pliegues vulnerables al sol, cuidado con las medusas. Braceo contracorriente hacia las olas e, incorporado sobre la tableta, surfeo a lomos de la actualidad. Equilibrio presupuestario o muerte, terremoto en los mercados, riesgo de tsunami. Aterrado por un torrente de cifras indescifrables, por aquel político de guardia con derecho a frase ingeniosa, por tantas hazañas mundanas representadas en pareo y chanclas, dimito un rato de la vida inteligente. Escondo la cabeza bajo la camiseta y pongo a secar el iPad sobre el periódico de hoy, que incomprensiblemente usé ayer para envolver el bocadillo. El soporte no importa. Comeré lo de dentro.