Ernest come poco, sólo bebe agua y no caza más que resfriados en primavera. Al concluir la merienda, le toman la tensión -por segunda vez- e intenta completar un crucigrama. Comienza
por las horizontales para evitar el vértigo. Lo llena de tachones y termina irritándose. Si nadie le observa, el pasatiempo concluye con un periódico enrollado que aprende a volar desde la ventana y aterriza desmadejado en el jardín. Los
latidos se ralentizan, dormitan al fin los fantasmas, la taquicardia da paso a la pausa.
Suele aparecer entonces esa señora miope con una
conversación intrascendente que al principio le fastidiaba y ahora le sirve para ejercitar su personaje. Y él aprovecha para fabular sin disimulo, insertando mujeres y aventuras en la vida insípida de un niño tímido que a base de perseverancia consiguió ser bibliotecario. Se regodea narrando amistades incondicionales para engañar el olvido en vida del jubilado solitario al que sus hijos, siempre tan ocupados, han dejado de visitar. Luego cena en silencio, lee un rato los mismos párrafos, a veces reza no sabe a quién, procura dormir.
