En mayo de 2010 Zapatero se pegó un tiro en un pie. No fue por accidente, se sintió obligado. Cerró los ojos, apretó el gatillo y marchó conmocionado al Congreso a anunciar los recortes que iban a salvar a la economía española del rescate. Al año siguiente, el presidente cojo dejó paso a otro candidato: Alfredo Pérez Rubalcaba, apagafuegos con experiencia y vocación didáctica. Se sentó a explicar la crisis que no habían previsto, a predicar sobre injustos ajustes, pero los ciudadanos no le escucharon. Hoy mira con nostalgia a una Moncloa lejana, buscando quien le haga caso.
El penúltimo día de 2011, Rajoy se cortó un dedo y envió a Soraya, con él envuelto en un pañuelo, a enseñarlo tras el Consejo de Ministros. Desde entonces, por imperativos del euro o por el bien de España, el presidente del PP se desgaja falanges cada viernes. El último de marzo, un antebrazo enterito, del tirón y sin pestañear. Como ocurrió con Zapatero, por sus heridas sangramos todos, conminados a taponar con los muñones el elefantiásico agujero de nuestra economía.