Unos cuatro
kilos suele perder a lo largo de la temporada el triatleta Javier Gómez Noya,
pentacampeón mundial de la especialidad, medalla de plata en los Juegos de
Londres en 2012, Premio Princesa de Asturias del Deporte y, para desgracia de todos, ausente en Río de Janeiro. Unos cuatro kilos
puede ganar en sólo dos semanas, si no
escatima esfuerzos, cualquier aficionado entregado al sacrificio
de disputar con febril intensidad desde el sofá los Juegos Olímpicos.
Mientras nuestros representantes sudan, miles de bolímpicos vagoréxicos nos tocamos -con perdón- las bolas en el sprint final de esta maratoniana
temporada deportiva. Sólo en las últimas semanas hemos corrido sin bicicleta al ritmo de Froome
por las rampas del Mont Ventoux, hemos sudado como los dirigentes del PP para borrar los discos duros de los
ordenadores de Bárcenas, hemos disfrutado más que el peluquero de Messi. Y aquí seguimos, como si tal cosa, listos para el siguiente esfuerzo.
