Estoy a favor de pagar impuestos. Porque son un mecanismo efectivo de reducción de la desigualdad, porque pueden crear riqueza colectiva, porque los considero convenientes para el bien común. Y aunque me disgusta recurrir a la dialéctica de ricos y pobres, estoy en contra de que, a la hora de recaudar, acaben recayendo especialmente sobre trabajadores y ahorradores. No, no propongo pagar menos; al contrario, ahora que hace falta recaudar, propongo que las grandes fortunas paguen más. Si no es mucha molestia.
Estoy a favor del euro. Admito que el cambio de moneda ha mermado nuestra capacidad adquisitiva, que nos hemos ido igualando a Europa en las cargas y no en los sueldos. Pero recuerdo la satisfacción general cuando la convergencia pilotada por Solbes y Rato nos condujo a la primera división europea. Y creo que algunos objetivos, como el camino hacia la unidad del viejo continente, merecen sacrificios. No, no pienso que la crisis se deba al euro, aunque también dude de las recetas comunitarias para escapar de la recesión. Si el problema es esta Europa, la solución será una Europa mejor.