Una vez pasé por Suiza y me pareció civilizada. Empezaban los 90 y en nuestra gritona España un veterano nuevo rico, Jesús Gil, presentaba un programa en Telecinco dentro de un jacuzzi. Sus efluvios populistas, adornados por una escolta de curvas recauchutadas, acabaron salpicando y empapando el buen gusto nacional, si es que eso alguna vez existió. Frente a tan obscena exhibición semanal de billetes y poderío, las cámaras acorazadas y las cuentas sin titular conocido. Suiza era elegante, Suiza era discreta, Suiza era Europa aunque nunca ejerciera, aunque siempre haya optado por abstenerse.
Toca mojarse, regresemos al jacuzzi. ¿Por qué tanta gente votaba a Gil pese a la obvia evidencia de que sus virtudes se limitaban a la cartera? Por la sencillez de su mensaje: cualquiera puede ser rico, cualquiera puede ser político, cualquiera puede ser rico y político al mismo tiempo. Como era de esperar, el alcalde de Marbella usó el cargo público para engordar sus negocios, fue condenado, regresó a la cárcel –ya había estado en el franquismo- y murió apestado. Para el pueblo llano, por sus delitos; en el fondo, era como todos. Para los políticos corruptos, por evidente, por ‘ostentóreo’; siempre mejor Suiza.
