A mediodía, cuando la revolución apenas se ha desperezado, numismáticos con gafas graduadas se agolpan bajo los soportales de la Plaza Mayor de Madrid, negociando en voz baja la devaluación de antiguas monedas. Bob Esponja y el gato con botas, autónomos de la economía en negro, caminan hervidos en sudor bajo su traje de fieltro, a la caza del niño caprichoso y del abuelito condescendiente. Sólo Felipe III aguanta impertérrito la solana, atendiendo discretamente a la asamblea de camisetas verdes que reclama con datos rotundos y sobrados motivos más dinero para la enseñanza pública.
Cerca de allí, en Ópera, una treintena de jóvenes denuncia la penúltima derrama de nuestros fondos sobre una Banca en ruinas y rescatada que procura desahuciar puntualmente a sus morosos. La asamblea de vivienda debate sentada en la acera, ajena a la riada de turistas no necesariamente japoneses, coleccionistas de escenas castizas que reparten sus fotos entre monumentos y pancartas. Al otro lado de la manzana, alineados por la fe, ciudadanos de principios aguardan esperanzados su turno para entrar en el oratorio del Santo Niño del Remedio, primo lejano, imaginamos, del Jesusito de los Ajustes.
